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sábado, 1 de mayo de 2010

Coímbra, punto y seguido


Coímbra, con su entramado de callejas empinadas trepando hacia la universidad, pone a prueba la forma física del visitante. Se supone que alumnado estará a punto para una maratón. Menos mal que siempre queda un hueco en la “pastelaría” para meterse un buen chute de calorías. El legado árabe dejó su impronta en algo más que en el intrincado casco urbano.
La Universidad con tanta solera como años a sus espaldas clama por una restauración. El rectorado se cuida con esmero y al personal de a pie como siempre lo surcen, en esto no somos diferentes de nuestros vecinos.
El fervor religioso parece que bulle por esta parte, ya que a falta de una cuentan con dos catedrales, que lo mismo había ofertas con las indulgencias con tal de completar el aforo.
En la parte baja de la ciudad los comercios con sabor añejo subsisten, aunque se avecinen las mudanzas que vaticina Saramago en “La Caverna”.
Dejo Portugal y me temo que este cuaderno en reposo por un tiempo, ya que la asignatura de TV es como un agujero negro que engulle todo a su alrededor. Trataré de buscar alguna cuerda del universo para descolgarme hasta el planeta bloguero.

domingo, 18 de abril de 2010

Venecia más salada


Aveiro (Portugal) es una ciudad sorpresa para el visitante, perfecta desconocida para el público español, está surcada por canales que le confieren cierta reminiscencia veneciana, solo que aquí las embarcaciones (mouliceiros) tienen un aire más burlesco en sus proas.
La sal y la luminosidad le dan un aire especial al conjunto urbano donde destacan edificios modernistas, que reflejan el asentamiento de una floreciente burguesía de principios del siglo pasado. En esta época de vacaciones académicas las calles presentan un aspecto un tanto despoblado, tan solo algún grupo de turistas “chárter-diesel”.
El ayuntamiento ha aprendido de tantos otros a eliminar las plazas de aparcamiento disponibles y ha dispuesto su trinconismo particular. Aún así merece la pena disfrutar de este trozo de Atlántico que se quedó tierra adentro, tal vez prendido de alguna sirena varada.

viernes, 16 de abril de 2010

A ritmo de tranvía


Oporto se merece ser bebido a sorbos cortos, sin prisas, dejar que la romántica decadencia de su casco histórico embriague al visitante. Quien vaya con la idea preconcebida de hallar un patrimonio urbano en perfecto estado mejor que aparque sus planes, por doquier se precisan muchos fondos para restaurar el sinfín de inmuebles que claman al cielo, mientras que el pragmatismo les da la espalda y apuesta por las avenidas con muchas alturas, más proclives a la especulación.

Llama la atención en un centro comercial que tenga más éxito un local dedicado exclusivamente a sopas tradicionales (servidas en generoso lebrillo más que plato), en vez de la comida “franquiciada” de los yanquis. Si estos portugueses tuvieron la sapiencia necesaria para elaborar un exquisito vino, ¿por qué no habrían de tenerla para seleccionar el almuerzo?

El puente Luis I; las embarcaciones sobre el Duero, otrora transporte obligado de toneles; la profusión de azulejos y los tranvías son la seña de identidad de esta urbe que deja sentir su bouquet largo, añejo y redondo.

Impresiones

Todo es subjetivo, dejemos volar el yo imposible.

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