sábado, 15 de septiembre de 2007

Baelo Claudia


En su deambular por los alrededores de las ruinas de la villa romana de Baelo Claudia, dedicada al comercio con África y a la salazón del pescado, una amiga con dotes de parasicóloga halló, en bastante buen estado, un curioso objeto que tras su esmerada limpieza se distinguen dos animales con aspecto felino. Intrigada con el objeto puso a prueba sus dotes de percepción del más allá.


Aguardó a la oportuna conjunción astral para iniciar el rito, tomando la pieza arqueológica de tal modo que pudiera percibir todas sus energías. Siempre resulta una aventura lo que ella averigua y esta vez no fue una excepción.

La pieza en cuestión no es sino una parte del bocado con el que se sujeta el llamado bocado de un caballo, perteneció a un ciudadano romano llamado Lucius Porcius Frugi, quien hasta los ocho años residió feliz en la citada villa, incluso tuvo su atisbo de primer amor, de la mano de Gaia aquella tarde de septiembre 365 d.C., mientras los muchachos jugaban en las dunas el magnetismo del atardecer desplegó sus hechizos y sus labios se fundieron como el sol en la línea del horizonte. Lucius tiritó de placer bajó su clámide.

Nada ni nadien podían presagiar los trágicos sucesos que tendrían lugar al amanecer del día siguiente. Un intenso terremoto acompañado por un tsunami dejó la urbe reducida a un esqueleto retorcido y siniestro, los escasos habitantes que pudieron salvarse se lo deben a su madrugón y que se hallaban fuera del recinto, como el mentado Lucius, cuando éste regresó no halló sino muerte y desolación. Deambuló varios días por las dunas y bosques cercanos como una gaviota sin alas; aunque tuvo la suerte de avistar una nave desde el cabo de Gracia, prendió una gran hoguera y los navegantes se acercaron a la orilla, cuando comprobaron la situación recogieron al pequeño, no sin que éste opusiera una fuerte resistencia y tras un largo periplo llegó hasta Roma, allí creció adoptado por una familia de ricos patricios, cuando tuvo edad se alistó en el ejército, obtuvo fama y honores por su valor en combate, pero jamás volvió a ser feliz ni pudo perdonar a los dioses la destrucción de su pueblo y su amada Gaia, pidió cuando pudo acercarse a su otrora pueblo a la diosa Proserpina que mientras perdurase el recuerdo de su amada no dejara de florecer una orquídea blanca en las dunas de su villa natal.

La orquídea pude contemplarla por mi mismo y el hallazgo fue devuelto al conjunto arqueológico para su estudio convencional.

2 comentarios:

Bichito de luz dijo...

Leyenda etiquetada como nada seria, pero muy hermosa acompañada de excelentes fotos

saludos

B

Nómada planetario dijo...

Gracias, pero estaba muy fácil de hilvanar el asunto.
Saludos.

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