Horizontes abiertos.
Cabotaje entre dos pulgares
Horizontes abiertos.
Cabotaje entre dos pulgares
Por culpa del claustro, que no de éste, sino del de la UMA que no para de brearnos con los mil y un trabajos, como si de unos aprendices de Hércules fueramos, estoy confinado de la alegre bullanga de los blogs. A mayor abundamiento uno está de asesor contable del personal, que en sus tribulaciones no para de lanzar SOS, más desesperados que el radiotelegrafista del Titanic, ya que por primera vez se enfrentan mis colegas a la elaboración de un estado de aplicación de fondos, sin saber discriminar una inversión de un gasto.
Retorno a mi provincia tras una breve ausencia en el extremo norte de África (Ceuta), donde conviven, sin que Zp tenga que ver mucho en ello, desde hace bastantes años varias culturas: cristiana, musulmana, hebrea e hindú. Eso sí, españolean banderas por doquier junto a mezquitas que llaman a la oración a sus fieles. Hallo la ciudad muy remozada y henchida de mar. Si vais por allí como mucho pedir media ración de pescado, ya que para ingerir una entera hacen falta tres o más personas por la cantidad que sirven. Desde el mirador del monte Hacho uno se siente un poco como Pedro Duque en el espacio con África a nuestros pies, Marruecos como vecino, ese retazo de Reino Unido al frente (Gibraltar) y Tarifa donde convergen el Atlántico y el Mare Nostrum. A la vista de este panorama uno admira todavía más a David Meca por su travesía a nado.
Como estas figuritas, recortándose contra el azul Mediterráneo, ando ahora cada fin de semana armado de moto y cámara para recoger lo que se tercie, o mejor dicho lo que encomienda nuestro profe de fotoperiodismo, que en plan generoso me compensó con un 10 por las primeras prácticas de imágenes de barcos como vehículos de viaje. La verdad es que era fácil apostarse en la bocana del puerto con un tele de 480 y esperar a la maniobra de cargar el foque para tomar una instantánea donde el grumete aprende su oficio.
Este fin de semana toca la pesca marítima en sus diversas modalidades y como las lonjas funcionan a horas intempestivas –léase 5 de la mañana-, he apostado por reflejar a los pacientes armados de caña en el puerto de La Caleta, ya que la flota al ser domingo estaba atracada en su totalidad.
En cuanto pueda asomarán más imágenes a estas páginas para que no os quedéis como el viajero este en Algeciras.
Pido disculpas por mi ausencia al respetable público, entre averías de un ordenador -más malo que la carne de sapo- y los encargos académicos me han devorado el tiempo que lleva hacer una entrada medio decente.
Trataré sobre la ciudad de Tajo, es decir Ronda, ciudad de toreros, turistas y meca de moteros de fin de semana entre otras cosas, como uno no quiere ser torero de cartel ni de estatua me propongo la lidia como fotógrafo con una luz cargada de rayos ultravioleta, que refulge en la cal de los pueblos encaramados en las faldas de la sierra, la naturaleza ofrece al visitante un aspecto imponente con la primavera rebosante.
Mientras los esforzados participantes en el evento deportivo, homenaje a la Legión, se afanan en superar los 42 kilómetros a pie o 72 en bicicleta de montaña por cuestas como la llamada de la raspa, que pasado Benaoján a todos se les atraganta, éste es un afamado enclave por los derivados del cerdo que allí se elaboran con mucho esmero. Tampoco desmerece la subida a la ermita en Montejaque donde un rosario de ciclistas sufre su penitencia pie a tierra y arrastra la máquina en un calvario peculiar.
En el caso urbano de Ronda hay mucho que contar, o mejor dicho que recorrer y dar rienda suelta a la imaginación sin tener que picar mucho las espuelas, aún se puede percibir el eco de una partida de bandoleros como la de Pasos Largos, que según cuenta la leyenda fue sitiado y tiroteado en un cortijo mientras su esposa dio a luz, pero fue tal lo que padeció la mujer que murió en el parto. El acosado cogió al recién nacido y liándolo en su faja montó a caballo y huyó con la criatura adosada, en medio de un cerrado tiroteo del que salieron ilesos padre e hijo.
Ahora apenas queda un dos caballos amarillo por esas callejas entre el deambular de foráneos que avistan postales románticas en torno al tajo y el puente nuevo, pero cedo la palabra a la imagen para que vuestro ingenio haga el resto.
Uno más bien parece un mandadero o cosario -no confudáis con corsario, que más quisiera el autor- de aquellos de la época de Franco a tenor los encargos de los docentes para estas supuestas mini vacaciones. Entre las múltiples mandados figura capturar fotos del puerto de nuestra ciudad, así que cámara en ristre intento colarme en vano por más de un rendija para hacerme con un enfoque original, pero ni flores, esta especie de rey feudal investido de autoridad portuaria ha espachurrado unos cuantos "pellones" de euros en infraestructuras varias con cargo al erario, o sea del contribuyente, y luego por todas partes el acceso está vetado y vigilado como cortijo de señorito, también de Franco. Esto sí que es una democracia sui generis.
Hago lo que dejan los subordinados del gran visir permiten y me retiro a instruirme con una exposición fotográfica en el archivo municipal, para luego visitar la Casa del Guardia, establecimiento con más de un siglo de antigüedad donde sirven especialidades como: pajarete, lágrima, seco, guinda, transañejo y otros caldos. Algún viajero romántico y con poco conocimiento del terreno la contabilizó allá por el siglo XIX al relatar: "Málaga la bravía donde mil tabernas había y una sola librería". Ahora los términos se han invertido y los libros son vecinos de los bocoys.
Y dicho esto celebro la entrada 100 de este blog, gracias por escoltarme en esta travesía.
Elijo Córdoba como refugio de la vorágine electoral que nos invade, me pierdo entre las ruinas de lo que fuera la esplendorosa ciudad de Medina Azahara, fulgor del califato para deslumbrar a propios y extraños, oigo pasos y cantos de jarchas entre chirimías que hablan de unos futuros truncados por luchas intestinas.
Reflexiono, sí, sobre el ayer de estas personas, no sobre los dignatarios cubiertos de ricas sedas, con recargada joyería y un nutrido harén, sino sobre la gente de a pie que trabajaban como esclavos lo fueran o no para mantener toda la pompa de este monumento a la ostentosidad. Ayer, hoy, siempre unos cuantos en la cúspide sobre una enorme base.
La primavera revienta en los patios cordobeses y en la floración de algunos arbustos, mientras en otros la savia dormita a la espera de otras lunas, los arcos se abren hacia el celeste infinito dejando escapar la libertad: dentro, fuera, todo es cuestión de puntos de vista o de fuga.
El ambiente mágico de la mezquita y su luz, justa para iluminar los adentros envuelven al visitante que se aparte prudente de tanta hueste guiada, que con sus saetas de flases fríen el reciento en rítmicas oleadas.
Pido disculpas si presento desenfocadas algunas imágenes, por la carencia de trípode y el empeño en recoger la luz real, los exteriores son como una esponja que busca absorber tesorería rápida con productos quiche ‘made in China’ trocados en ‘typical Spanish’ por algún Midas venido a menos, si bien quedan algunos lugares como la tetería donde reconfortar la tarde que declina y dibuja sombras que son un aviso de la mágica noche que se arregla tras la puerta como una novia oculta del amado.

