
Ayna (Albacete)
Apenas abandono esa gruta del diablo del dolor, provocada por la dejadez manifiesta de un cirujano con tanto interés por el paciente (a punto estuvo el interfecto de provocar una diverticulitis); como el que suscribe por el cálculo infinitesimal aplicado a las integrales discontinuas.
En otro orden de cosas vuelvo a al tragaluz de los apuntes de métodos, más indigestos que un lebrillo de migas de serrín, con restos de polvos de taladro en columna de cemento.Menos mal que una anécdota jocosa salpica la tarde; hubo un tiempo en que los enamorados, ellos sobre todo, regalaban rosas rojas como muestra de sus inequívocos sentimientos. Hoy día, en estos mares de cuernos africanos y piratas sin pata de palo, sale algún loro o cotorra, que en estos menesteres ornitológicos, nunca estoy seguro, se apropia de la dirección de correo de una compañera de la “facu” (de lo más comedida ella), el impostor de ajeno pabellón me larga una prosaica proposición amorosa.
“Encripto” la señal, respondo, doy todas las pistas en tono serio a la sofocada colega, para que averigüe quien pudo manipular su correo, a buen seguro en las chatarras de Macintosh que nos dejan, la atribulada criatura me llama con todo el arrebol de una amapola en su voz pidiendo toda clase de disculpas.
Ojalá todas las usurpaciones de correo se limiten a estos juegos quinceañeros, al fin y al cabo Internet es una herramienta, como una radial, puede dar un avío estupendo o rebanarte una extremidad.
PD. Las rosas son del mini jardín propio.

















